“A mi parecer, existe el lado bueno de migrar. Es un destino que cambia nuestras vidas para bien. El encontrar personas solidarias que te brindan la oportunidad de superarte, de hallar un trabajo digno que te lleve a cumplir tus sueños anhelados y cumplirlos al lado de tu familia.
Esta experiencia que estoy viviendo y se llama ´A través de mis ojos´, me ha permitido ver los diversos colores que tiene la vida y que refleja lo variante que ha sido la mía.
Es así como empecé mi camino, este camino que me convirtió en una venezolana migrante. Me toca explicarlo de una y mil maneras cada vez que me preguntan ¿Es verdad que Venezuela está como dicen? Preguntas como estas me las hacen en cada sitio donde llego y me identifican por el acento que, orgullosa, pronuncio.
Me inspira el cielo, por que es lo más hermoso y cambiante que hay en el universo, donde las nubes grises también forman parte del paisaje. El azul del cielo representa la esperanza, lo infinito, lo inalcanzable y aunque no lo puedas tocar lo puedes ver e inspira”.
Somos la generación de la diáspora venezolana, tanto los que se van como los que se quedan, de perder y de querer volver podríamos hablar mucho.
Hace 20 años se preguntaba ¿dónde vas a trabajar? ahora la pregunta es: ¿a qué país te vas?
Poco a poco se va la familia, se van los amigos y así vamos convirtiéndonos en extranjeros en nuestra propia tierra.
¿Y los que se fueron?, son los que sufren a diario un doble sentimiento.